Cómo No Tener que Arreglar el Arroz y el Frijol

El sabor se construye desde el principio. Esa es la respuesta corta.

Cuando uno empieza a vivir solo, cree que porque cocina 1 taza de arroz con 1 taza de agua ya sabe cocinar, o por lo menos ya hizo arroz y no se le quemó. Pero es muy fácil lograr un buen arroz siempre, y con eso acompañar muchas comidas sencillas.

El arroz se lava para quitar el exceso de almidón (el agua tiene que salir un poco turbia, no necesariamente cristalina); después se dura unos dos o tres minutos con mantequilla o aceite antes de cocer en caldo (sabe mucho mejor si absorbe un buen caldo de res o de pollo en lugar de agua natural). No tienes que andar midiendo tazas exactas, cada arroz es diferente, solo calcula aproximadamente 1 parte de arroz por 1.5 partes de líquido y después rectificas. Cocina hasta hervir y después a fuego mínimo, con tapa cerrada, hasta que el arroz absorba la mayor parte de líquido posible. Una vez cocido, déjalo reposar unos 10 minutos y termin esponjándolo (no sé si sea el término correcto) con un tenedor.

El frijol es un poco más tardado, empezando porque tienes que dejarlo reposar una noche antes de cocinarlo. No sé cuál es la magia pero se cuece más rápido y más uniforme (y le cae mejor al estómago). Aquí no aplica el caldo porque los frijoles tienen sabor propio, pero se vale sal, cebolla, laurel y ajo sofritos antes de empezar (puede ser aceite de oliva, mantequilla o tantita manteca de puerco). Agua hasta cubrir (y agregar más agua caliente si es necesario).

El garbanzo se cocina similar que el frijol (con menos grasa) y la lenteja tiene que cuidarse más porque si se pasa se hace puré (a las lentejas puedes agregarle apio o zanahoria al principio y les ayudas con un toque ácido al final).

La diferencia casi siempre está en pequeños detalles: lavar el arroz antes de cocerlo, tostarlo unos minutos, usar un buen caldo, remojar los frijoles con tiempo o darle a las lentejas la atención suficiente para que no se pasen de cocción. Son gestos sencillos que, repetidos una y otra vez, terminan convirtiéndose en costumbre.

Quizá por eso las comidas más memorables rara vez son las más complejas. Un plato de arroz bien hecho, unos frijoles cocinados con paciencia o un tazón de lentejas preparado con cuidado pueden ser tan buenos como cualquier receta elaborada. El sabor se construye desde el principio, pero también se construye con la intención de hacer bien las cosas, incluso cuando se trata de los ingredientes más sencillos de la cocina.

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